En 1963, Julio Cortázar publicó Rayuela, una novela que cambiaría la relación entre el lector y el libro. Desde el principio dejó clara su intención: ofrecernos un recorrido distinto por la historia. El famoso «Tablero de dirección» permite saltar de un capítulo a otro y convierte la lectura en una experiencia activa.
Cortázar llegó a la literatura con una sólida formación y una enorme inquietud intelectual. Le interesaban las posibilidades del lenguaje y las formas de romper con una narrativa demasiado convencional. El jazz también tuvo un peso importante en su manera de entender la creación. La improvisación, el ritmo y la libertad que encontraba en esta música aparecen de alguna manera en la estructura de Rayuela.
Cuando uno abre Rayuela, encuentra algo poco habitual. Antes del primer capítulo aparece un Tablero de dirección en el que Cortázar propone un orden de lectura diferente al tradicional. Podemos seguir los capítulos del 1 al 56 y obtener una lectura lineal. También podemos seguir las indicaciones del tablero y saltar de un capítulo a otro.
Ahí aparecen los llamados capítulos «prescindibles». El término puede llevar a confusión porque muchos de ellos amplían la historia, aportan reflexiones y ofrecen nuevas perspectivas sobre los personajes. Cortázar quería que el lector tomara decisiones y participara en la construcción de su propia lectura.
Y aquí está, para mí, una de las claves de la novela.
Cortázar convierte la lectura en un juego.
El propio título nos da una pista. La rayuela es aquel juego infantil en el que vamos saltando de una casilla a otra hasta alcanzar el cielo. Cortázar utiliza esa imagen como una metáfora de la búsqueda. Sus personajes persiguen algo que parece encontrarse siempre un poco más allá, como si la felicidad, el conocimiento o esa forma de plenitud que desean nunca terminaran de dejarse alcanzar.
El protagonista de la novela es Horacio Oliveira, un argentino que vive en París. Es un hombre intelectual que analiza constantemente cuanto sucede a su alrededor y que busca una manera diferente de comprender la existencia.
En su vida aparece la Maga, cuyo verdadero nombre es Lucía. Su manera de relacionarse con el mundo contrasta con la de Oliveira. Ella vive muchas situaciones desde la intuición y la emoción, mientras él intenta comprenderlas desde el pensamiento. Esa diferencia marca buena parte de su relación.
Su historia comienza marcada por el azar. Oliveira y la Maga pueden encontrarse por las calles de París sin haber fijado una cita. Se buscan y, a veces, parece que la ciudad juega con ellos. Esa manera de encontrarse resume bastante bien el espíritu de la novela: los personajes avanzan entre casualidades, decisiones y búsquedas.
Junto a ellos aparece el Club de la Serpiente, un grupo de amigos que se reúne en París para hablar sobre literatura, filosofía, arte y música. El jazz ocupa un lugar destacado en esos encuentros y se convierte en mucho más que una referencia musical. La improvisación y la libertad del jazz tienen una relación evidente con la manera en que Cortázar construye su novela.
Pero Rayuela no gira únicamente alrededor de una historia de amor. La novela plantea una búsqueda mucho más amplia. Oliveira intenta encontrar un sentido que vaya más allá de la vida cotidiana. Quiere llegar a ese lugar que él mismo imagina como un centro desde el que comprender la existencia.
Por eso la novela está llena de preguntas.
¿Qué significa vivir de una manera auténtica? ¿Podemos conocer realmente a otra persona? ¿Hasta dónde nos sirve la razón para comprender lo que sentimos? ¿Existe una forma de escapar de las rutinas que terminan condicionando nuestra vida?
Cortázar plantea estas cuestiones a través de sus personajes y también mediante la propia estructura de la novela.
El lenguaje participa igualmente en ese juego. Uno de los ejemplos más conocidos aparece en el capítulo 68, donde Cortázar utiliza el glíglico, un lenguaje inventado que mezcla sonidos y palabras reconocibles con otras creadas por el propio autor. Aunque el lector desconozca el significado exacto de muchas expresiones, puede seguir el ritmo y captar la sensualidad de la escena.
Todo esto explica por qué Rayuela ocupa un lugar tan especial dentro de la narrativa del siglo XX. Cortázar quiso experimentar con la forma de contar y también con la posición del lector frente al texto. La novela le concede libertad para elegir su recorrido y le pide atención para relacionar sus diferentes piezas.
A mí me parece interesante acercarse a ella teniendo esto presente. Si esperamos una novela convencional, algunos de sus saltos pueden desconcertarnos. Si entendemos desde el principio que Cortázar nos propone un juego, resulta más fácil entrar en él.
Cortázar escribió una novela sobre la búsqueda y convirtió su propia estructura en otra forma de buscar. El lector salta de una casilla a otra mientras Horacio Oliveira intenta encontrar su propio centro. Unos caminos conducen a París. Otros llevan hasta Buenos Aires. Algunos nos acercan a los personajes y otros nos llevan hacia las reflexiones que atraviesan toda la obra.
Más de sesenta años después de su publicación, Rayuela continúa planteando preguntas. Quizá porque algunas preguntas no necesitan una respuesta definitiva para seguir teniendo sentido.
Para mí, esa es una de las razones por las que merece la pena volver a Cortázar.
Y también por algo mucho más sencillo: porque todavía consigue que leer sea un juego.



