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"En cada encuentro, en cada texto, nos vamos Palabreando sin prisas, con verdad y con voz propia."

Rayuela, de Julio Cortázar: claves para acercarse a la novela

En 1963, Julio Cortázar publicó Rayuela, una novela que cambiaría la relación entre el lector y el libro. Desde el principio dejó clara su intención: ofrecernos un recorrido distinto por la historia. El famoso «Tablero de dirección» permite saltar de un capítulo a otro y convierte la lectura en una experiencia activa.  

                                 


Para entender qué quiso hacer Cortázar con esta novela, merece la pena detenernos primero en él. Nació en Bruselas en 1914, aunque pasó su infancia y juventud en Argentina. En 1951 se trasladó a París, ciudad en la que vivió durante muchos años. Ese cambio de escenario tuvo una importancia fundamental en su vida y también en su literatura. París ocupa un lugar esencial en Rayuela y sus calles, sus cafés y su ambiente cultural acompañan constantemente a los personajes.

Cortázar llegó a la literatura con una sólida formación y una enorme inquietud intelectual. Le interesaban las posibilidades del lenguaje y las formas de romper con una narrativa demasiado convencional. El jazz también tuvo un peso importante en su manera de entender la creación. La improvisación, el ritmo y la libertad que encontraba en esta música aparecen de alguna manera en la estructura de Rayuela.

Cuando uno abre Rayuela, encuentra algo poco habitual. Antes del primer capítulo aparece un Tablero de dirección en el que Cortázar propone un orden de lectura diferente al tradicional. Podemos seguir los capítulos del 1 al 56 y obtener una lectura lineal. También podemos seguir las indicaciones del tablero y saltar de un capítulo a otro.

Ahí aparecen los llamados capítulos «prescindibles». El término puede llevar a confusión porque muchos de ellos amplían la historia, aportan reflexiones y ofrecen nuevas perspectivas sobre los personajes. Cortázar quería que el lector tomara decisiones y participara en la construcción de su propia lectura.

Y aquí está, para mí, una de las claves de la novela.

Cortázar convierte la lectura en un juego.

El propio título nos da una pista. La rayuela es aquel juego infantil en el que vamos saltando de una casilla a otra hasta alcanzar el cielo. Cortázar utiliza esa imagen como una metáfora de la búsqueda. Sus personajes persiguen algo que parece encontrarse siempre un poco más allá, como si la felicidad, el conocimiento o esa forma de plenitud que desean nunca terminaran de dejarse alcanzar.

El protagonista de la novela es Horacio Oliveira, un argentino que vive en París. Es un hombre intelectual que analiza constantemente cuanto sucede a su alrededor y que busca una manera diferente de comprender la existencia.

En su vida aparece la Maga, cuyo verdadero nombre es Lucía. Su manera de relacionarse con el mundo contrasta con la de Oliveira. Ella vive muchas situaciones desde la intuición y la emoción, mientras él intenta comprenderlas desde el pensamiento. Esa diferencia marca buena parte de su relación.

Su historia comienza marcada por el azar. Oliveira y la Maga pueden encontrarse por las calles de París sin haber fijado una cita. Se buscan y, a veces, parece que la ciudad juega con ellos. Esa manera de encontrarse resume bastante bien el espíritu de la novela: los personajes avanzan entre casualidades, decisiones y búsquedas.


Junto a ellos aparece el Club de la Serpiente, un grupo de amigos que se reúne en París para hablar sobre literatura, filosofía, arte y música. El jazz ocupa un lugar destacado en esos encuentros y se convierte en mucho más que una referencia musical. La improvisación y la libertad del jazz tienen una relación evidente con la manera en que Cortázar construye su novela.

Pero Rayuela no gira únicamente alrededor de una historia de amor. La novela plantea una búsqueda mucho más amplia. Oliveira intenta encontrar un sentido que vaya más allá de la vida cotidiana. Quiere llegar a ese lugar que él mismo imagina como un centro desde el que comprender la existencia.

Por eso la novela está llena de preguntas.

¿Qué significa vivir de una manera auténtica? ¿Podemos conocer realmente a otra persona? ¿Hasta dónde nos sirve la razón para comprender lo que sentimos? ¿Existe una forma de escapar de las rutinas que terminan condicionando nuestra vida?

Cortázar plantea estas cuestiones a través de sus personajes y también mediante la propia estructura de la novela.

El lenguaje participa igualmente en ese juego. Uno de los ejemplos más conocidos aparece en el capítulo 68, donde Cortázar utiliza el glíglico, un lenguaje inventado que mezcla sonidos y palabras reconocibles con otras creadas por el propio autor. Aunque el lector desconozca el significado exacto de muchas expresiones, puede seguir el ritmo y captar la sensualidad de la escena.  


Todo esto explica por qué Rayuela ocupa un lugar tan especial dentro de la narrativa del siglo XX. Cortázar quiso experimentar con la forma de contar y también con la posición del lector frente al texto. La novela le concede libertad para elegir su recorrido y le pide atención para relacionar sus diferentes piezas.

A mí me parece interesante acercarse a ella teniendo esto presente. Si esperamos una novela convencional, algunos de sus saltos pueden desconcertarnos. Si entendemos desde el principio que Cortázar nos propone un juego, resulta más fácil entrar en él.

Cortázar escribió una novela sobre la búsqueda y convirtió su propia estructura en otra forma de buscar. El lector salta de una casilla a otra mientras Horacio Oliveira intenta encontrar su propio centro. Unos caminos conducen a París. Otros llevan hasta Buenos Aires. Algunos nos acercan a los personajes y otros nos llevan hacia las reflexiones que atraviesan toda la obra.

Más de sesenta años después de su publicación, Rayuela continúa planteando preguntas. Quizá porque algunas preguntas no necesitan una respuesta definitiva para seguir teniendo sentido.

Para mí, esa es una de las razones por las que merece la pena volver a Cortázar.

Y también por algo mucho más sencillo: porque todavía consigue que leer sea un juego.



¿Epíteto o cliché? El adjetivo que puede arruinar tu poema

Un adjetivo puede aportar fuerza, belleza y precisión a un poema. Pero también puede convertirse en una palabra innecesaria que le reste intensidad. ¿Sabes distinguir un epíteto de un adjetivo especificativo? ¿Y reconocer cuándo un adjetivo cae en el cliché?

En este vídeo te lo explico de forma sencilla, con ejemplos, para que puedas elegir tus palabras con mayor intención cuando escribas poesía.

Dale al play y descubre qué adjetivos suman a tus versos y cuáles pueden estar sobrando.



Inteligencia artificial y escritura: cómo aprovecharla sin perder tu voz de autor

En casi todos mis talleres de escritura acaba apareciendo la misma pregunta: «¿Puedo utilizar la inteligencia artificial para escribir?».

Las respuestas de mis alumnos suelen dividirse en tres grupos. Algunos quieren saber si pueden emplearla para documentarse o resolver dudas durante el proceso de escritura. Otros ya la utilizan, aunque muchas veces sin criterio, y eso termina reflejándose en sus textos: pierden naturalidad, repiten estructuras y su voz queda diluida. También están quienes se niegan a abrir una aplicación de IA porque sienten que hacerlo resta valor a su trabajo como escritores.

Comprendo las tres posturas porque vivimos un momento de incertidumbre para quienes escribimos.

                                                              Imagen creada con IA

Cada vez aparecen más noticias sobre concursos literarios que descalifican obras tras detectar un uso indebido de la inteligencia artificial o después de sospechar que el texto no procede del trabajo personal del autor. Esa situación ha generado un efecto inesperado: muchos escritores empiezan a preguntarse si escribir demasiado bien puede despertar sospechas.

Resulta paradójico. Durante años nos esforzamos por perfeccionar nuestro estilo, ampliar nuestro vocabulario, pulir cada frase y eliminar cualquier error. Hoy algunos autores llegan a preguntarse si una prosa demasiado limpia, demasiado fluida o demasiado correcta puede jugar en su contra.

Entiendo ese miedo, pero creo que no debemos escribir peor para parecer más humanos.

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. Podemos ignorarla, criticarla o intentar prohibirla, pero ninguna de esas opciones cambiará la realidad. Forma parte de nuestro presente y también formará parte del futuro de la creación literaria.

Los escritores siempre hemos utilizado las herramientas que teníamos a nuestro alcance. Antes acudíamos al diccionario de la Real Academia Española, consultábamos un diccionario de sinónimos, pasábamos horas en bibliotecas o buscábamos en Google el dato histórico que necesitaba una escena, el nombre de una planta, el modelo de un arma o el adjetivo que mejor expresaba una emoción. Nadie cuestionaba por ello la autoría de una novela.

La inteligencia artificial representa un paso más en esa evolución. Puede acelerar la documentación, ofrecer alternativas, plantear preguntas útiles o ayudar a ordenar ideas. Eso no convierte a la herramienta en autora de la obra, del mismo modo que Google nunca escribió una novela por nosotros.

El verdadero debate no debería centrarse en si un escritor utiliza inteligencia artificial, en si la obra transmite emociones o no. Mientras la historia, la estructura, los personajes, el estilo y la emoción nazcan del autor, la obra seguirá siendo suya.

Concursos, editoriales y lectores tendrán que adaptarse a esta nueva realidad. Igual que aprendimos a convivir con internet, con los procesadores de texto o con los correctores ortográficos, aprenderemos a convivir con la inteligencia artificial. La cuestión ya no consiste en decidir si debemos usarla o no, sino en aprender a utilizarla con criterio, honestidad y responsabilidad.

Porque la literatura nunca ha dependido de una herramienta. Siempre ha dependido de la mirada personal del escritor.

Después de responder durante meses a las preguntas de mis alumnos, he llegado a la conclusión de que el problema no es la inteligencia artificial. El problema es el uso que hacemos de ella.

Cada vez que alguien me dice que ha escrito una novela con ayuda de la IA, siempre hago la misma pregunta: «¿Quién ha tomado las decisiones importantes?». Porque ahí está la diferencia. Una herramienta puede proponer un giro argumental, sugerir un diálogo o encontrar información en cuestión de segundos, pero nunca sabe qué historia necesitas contar ni por qué quieres contarla. Esa parte sigue siendo exclusivamente tuya.

Con frecuencia veo escritores que copian el primer texto que reciben. A simple vista parece correcto. Las frases están bien construidas, apenas hay errores gramaticales y todo resulta bastante fluido. Sin embargo, basta leer unas páginas para descubrir que algo falla. Los personajes hablan casi igual, las descripciones suenan previsibles, aparecen ideas repetidas y el relato pierde esa personalidad que hace que una novela permanezca en la memoria del lector.

Es normal. La inteligencia artificial trabaja con probabilidades. Escribe aquello que estadísticamente tiene más posibilidades de funcionar. Un escritor, en cambio, muchas veces encuentra la mejor frase precisamente donde nadie la esperaba. Ahí aparece el estilo. Ahí nace la literatura.

Por eso nunca recomiendo empezar una novela preguntándole a la IA qué escribir. Antes conviene tener claro qué queremos contar, quiénes son nuestros personajes, cuál es el conflicto y qué emoción buscamos despertar. Cuando existe esa base, la herramienta puede convertirse en una magnífica compañera de trabajo. Incluso puede llevarnos la contraria, hacernos preguntas incómodas o mostrarnos caminos que no habíamos contemplado. Pero siempre debemos conservar el timón.

Tampoco conviene olvidar que la inteligencia artificial se equivoca. Confunde fechas, cambia edades, altera detalles de un personaje y, en ocasiones, inventa datos con una seguridad asombrosa. Si el escritor baja la guardia, esos errores acaban formando parte del manuscrito. La revisión sigue siendo uno de los trabajos más importantes de nuestro oficio.

Hay otra cuestión que me preocupa mucho más que esos errores: la pérdida de la voz propia. Si todos utilizamos las mismas herramientas de la misma manera, acabaremos escribiendo libros que se parecen demasiado entre sí. Y la literatura nunca ha avanzado gracias a quienes escribían como los demás. Siempre ha evolucionado gracias a quienes encontraron una forma distinta de mirar el mundo.

La inteligencia artificial puede ayudarte a documentarte, a ordenar ideas, a desbloquear una escena o a encontrar información que antes exigía horas de búsqueda entre libros y páginas web. Yo misma la utilizo para determinadas tareas. Lo importante consiste en recordar que una herramienta nunca sustituye al artesano.

Al final, lo que conmueve al lector no es una frase impecable desde el punto de vista técnico. Lo que permanece es la emoción de quien la escribió. Ningún algoritmo ha vivido tus pérdidas, tus alegrías, tus dudas o tus recuerdos. Ningún algoritmo conoce esa conversación que escuchaste en un café y terminó convirtiéndose en un personaje, ni ese paisaje que todavía aparece en tus novelas muchos años después.

La inteligencia artificial seguirá evolucionando y nosotros tendremos que aprender a convivir con ella. Al final, el lector nunca se enamora de un algoritmo. Se enamora de una voz, de una emoción, de una historia que parece escrita solo para él. Y esa historia siempre empieza igual: con un escritor sentado frente al ordenador, dispuesto a dejar una parte de sí mismo sobre la página.



Lo que aprendí de Alejo Carpentier sobre el arte de escribir

Hace unos días volví a leer una reflexión de Alejo CarpentierDecía que «los adjetivos son las arrugas del estilo»

Reconozco que la primera vez que la leí pensé: ¿Cómo podía un escritor de la talla de Carpentier, de prosa rica y cuidada, desconfiar de los adjetivos? Con el tiempo he comprendido que no estaba rechazándolos, sino advirtiéndonos del peligro de utilizarlos como un simple adorno.

He leído algunas de sus novelas, como Los pasos perdidos o El reino de este mundo. En ambas me llamó la atención la precisión de su lenguaje. Carpentier no escribe una palabra de más. Cada sustantivo, cada verbo y cada imagen parecen ocupar exactamente el lugar que les corresponde.

Desde entonces procuro recordarlo cada vez que corrijo uno de mis textos o reviso los relatos de mis alumnos. Y no siempre es fácil, porque todos tenemos la tentación de adornar aquello que todavía no hemos sabido contar. Muchas veces buscamos un adjetivo brillante, cuando lo que realmente necesita la frase es un verbo más preciso, un sustantivo más concreto o una imagen que hable por sí sola.


Por eso hoy quiero compartir los ocho consejos de escritura que he aprendido de esta reflexión de Alejo Carpentier y que, con el paso de los años, también han terminado formando parte de mi manera de escribir y de enseñar literatura.

1. No llenar un texto de adjetivos

Si un sustantivo o un verbo ya dicen lo necesario, el adjetivo sobra. Con frecuencia recurrimos a palabras como maravilloso, increíble, espectacular o impactante, pensando que harán más atractivo nuestro texto. Sin embargo, esos adjetivos suelen decir muy poco si no los respaldamos con una escena, una acción o una imagen. Como escritora, prefiero que sea el lector quien descubra que un personaje es extraordinario, que una casa da miedo o que un paisaje emociona. Cuando conseguimos eso, el adjetivo deja de ser necesario.

2. No escribir para impresionar

Las palabras bonitas no sustituyen una buena historia.

3. Buscar siempre la precisión

Una palabra exacta vale mucho más que tres aproximadas.

4. Confiar en los sustantivos

Los nombres concretos crean imágenes mucho más poderosas que largas explicaciones.

5. Elegir verbos con fuerza

Muchas veces un buen verbo elimina la necesidad de varios adjetivos y adverbios.

6. Desconfía de las palabras de moda

Carpentier advertía de que cada época tiene sus propios adjetivos. El Romanticismo hablaba de lo lúgubre o melancólico; los simbolistas preferían lo evanescente o grisáceo; y los surrealistas llenaron sus páginas de palabras como onírico o fantasmal.

El problema no está en esas palabras, sino en utilizarlas porque están de moda y no porque sean las más adecuadas. Un buen escritor no sigue tendencias: elige siempre la palabra que mejor sirve a su historia.

7. Encontrar una voz propia

Admiro a muchos escritores, pero ninguno puede escribir por mí. Leer sirve para aprender, no para copiar.

8. Recordar que menos suele ser más

Cada palabra debe tener un motivo para estar en la página. Si no aporta significado, emoción o ritmo, probablemente deba desaparecer.

Cómo aplico estos consejos cuando corrijo un texto


Con el tiempo me he dado cuenta de que estas reflexiones de Alejo Carpentier no solo me han ayudado a escribir mejor, sino que también se han convertido en una guía cada vez que corrijo un texto, ya sea uno de mis relatos, un artículo o el manuscrito de mis alumnos.

No sigo una plantilla rígida, pero sí hay una serie de preguntas que siempre me hago durante la revisión.

Lo primero es subrayar los adjetivos. Necesito comprobar si todos cumplen una función o si alguno está ahí únicamente para adornar la frase. Cuando descubro que un adjetivo no aporta información nueva, lo elimino sin miedo. La mayoría de las veces el texto gana en claridad.

Después me fijo en los sustantivos. Me pregunto si son lo bastante precisos o si existe otro capaz de expresar mejor la idea. Un buen sustantivo suele evitar una descripción innecesariamente larga.

A continuación, reviso los verbos. Intento sustituir los verbos demasiado genéricos por otros que aporten movimiento, intención o emoción. Un verbo preciso suele decir mucho más que varios adjetivos juntos.

Hay otra costumbre que nunca abandono: leer el texto en voz alta. Es la mejor manera de detectar frases recargadas, repeticiones, cacofonías o palabras que rompen el ritmo de la lectura. Si una frase me obliga a detenerme, sé que todavía necesita trabajo.

La última revisión consiste en hacerme una pregunta muy sencilla: ¿Esta palabra aporta significado, ritmo o una imagen al lector? Si la respuesta es no, desaparece.

Con los años he comprendido que eso era precisamente lo que defendía Alejo Carpentier. Nunca quiso desterrar los adjetivos ni empobrecer el lenguaje. Lo que rechazaba era la ornamentación gratuita, la imitación superficial y el abuso de recursos que acaban ocultando lo verdaderamente importante: la historia.

Cada vez que cierro una corrección, vuelvo a recordar aquella frase que tanto me hizo pensar: «Los adjetivos son las arrugas del estilo». Y, aunque no siempre sea fácil, intento que cada palabra se gane el derecho a permanecer en la página.

Cuando los sueños se convierten en libros. Las historias también necesitan quien crea en ellas

¡Hoy no me cabe la alegría en el pecho!

Acabo de recibir la llamada de una de mis alumnas para darme una noticia maravillosa: una editorial tradicional ha seleccionado para su publicación un libro de relatos que nació íntegramente en mis talleres Personajes con alma y Ambientes.

Presentó el briefing del proyecto, la editorial creyó en él y, tras su valoración, llegó el esperado “sí”. De momento no puedo contar mucho más porque aún queda la firma del contrato, pero en cuanto todo esté cerrado, compartiré todos los detalles. No os imagináis la emoción que siento.

Hay días como hoy en los que recuerdo por qué elegí dedicarme a acompañar a otros escritores.


Hace unos días, otra de mis alumnas escribió la última palabra de su primera novela. Una historia donde conviven el amor, el asesinato, la magia y los secretos familiares. Ella llegó con una idea latiendo en su cabeza. Mi papel como coach literaria ha sido caminar a su lado, ayudarla a estructurarla, hacerle preguntas, señalar caminos y acompañarla desde aquella primera página hasta ese emocionante «fin».

Y esto no termina aquí.

En octubre, Palabreando editará dos libros de relatos nacidos en los talleres: uno del nivel básico y otro del taller Emociones y sentidos. Además, una gran escritora malagueña ha confiado en los Servicios Editoriales Palabreando para publicar su cuarto libro de relatos. Llevamos trabajando en él desde principios de año. Han sido meses de corrección, edición, lecturas, reuniones, revisiones y muchas conversaciones para pulir cada detalle hasta dejar el manuscrito listo para entrar en imprenta.

Y antes de que termine el año, dos alumnas más pondrán el punto final a su primera novela.

A veces creo que estoy más nerviosa que ellas.

Porque cada capítulo terminado, cada bloqueo superado y cada página reescrita también forman parte de mi camino. Acompañar a alguien desde una idea hasta un libro es un privilegio que nunca deja de emocionarme.

Ahora comienza otra etapa. Estaré a su lado para preparar el briefing editorial, la carta de presentación a las editoriales o, si deciden publicar con Palabreando, acompañarlas también en todo el proceso editorial. Y, por supuesto, si lo necesitan, diseñaremos un plan de marketing para que sus libros encuentren a sus lectores.

Si todo sigue su curso, antes de que termine el año veré publicadas varias obras nacidas de este trabajo compartido. Por ahora no puedo dar más información; después del verano iré informando.

Hay quien piensa que un coach literario solo corrige textos o ayuda a estructurar una novela. Para mí es mucho más. Es escuchar, orientar, hacer las preguntas adecuadas, sostener las dudas, celebrar los avances y creer en una historia incluso cuando quien la escribe deja de creer por un momento.

Hoy estoy inmensamente feliz. Feliz por ellas. Porque sus sueños empiezan a convertirse en libros. Y también porque cada uno de esos libros demuestra que, con trabajo, acompañamiento y confianza, las historias encuentran el camino para llegar a sus lectores.

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