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10 consejos de Gabriel García Márquez para crear un buen cuento

 

Consejos que suelo compartir con mis alumnos 



A menudo, cuando hablo con mis alumnos sobre la creación de cuentos, surge una pregunta: ¿cómo se aprende a contar una buena historia?

Mi respuesta suele comenzar siempre por el mismo lugar: la lectura.

Leo para disfrutar, como cualquier lectora, pero también desde la mirada de quien crea historias. Me detengo en los comienzos, observo cómo nacen los personajes y me pregunto por qué un relato consigue mantener mi atención.

Los grandes autores pueden enseñarnos mucho sobre el oficio de la literatura. Por eso me gusta volver de vez en cuando a las palabras y enseñanzas de quienes han dedicado su vida a contar historias.

Gabriel García Márquez es una referencia imprescindible para cualquier persona que ame la narrativa.

El cuento, además, tiene una exigencia especial. Su brevedad obliga a tomar decisiones constantemente. Cada escena debe encontrar su lugar y cada palabra debe cumplir una función dentro de la historia.

Por eso quiero compartir hoy con mis alumnos, mis lectores y todas las personas que disfrutan creando historias algunos consejos inspirados en las reflexiones de Gabriel García Márquez sobre el arte del cuento.

Son ideas que considero muy útiles y que trabajo habitualmente en mis talleres.

1. Crea el cuento que te gustaría leer

Este consejo me parece fundamental.

Cuando comenzamos una historia, podemos caer en la tentación de pensar demasiado pronto en el lector. Queremos saber si gustará, si resultará interesante o si encontrará su público. Sin embargo, antes de pensar en todo eso, yo siempre recomiendo hacernos una pregunta muy sencilla:

¿Me gustaría leer este cuento?

Si la historia no despierta nada en quien la crea, será difícil transmitir emoción al lector.

Una historia debe interesarnos, sorprendernos o provocarnos alguna sensación. Tenemos que sentir curiosidad por ella y desear descubrir qué ocurrirá. Por eso les digo a menudo a mis alumnos que busquen historias que les importen.

Cuando quien crea un relato siente interés por lo que está contando, ese interés suele trasladarse al texto.

2. Dale al cuento una forma completa

Un cuento es breve, pero necesita sentirse completo.

El lector puede quedarse pensando en la historia cuando termina. Puede imaginar qué ocurrió antes o preguntarse qué sucederá después. Sin embargo, el relato debe transmitir la sensación de que hemos recorrido un camino.

Para conseguirlo, necesitamos conocer el centro de la historia.

¿Qué ocurre?

¿A quién le ocurre?

¿Por qué ese momento merece convertirse en un cuento?

Estas preguntas nos ayudan a encontrar el conflicto y a descubrir qué queremos contar realmente.

Muchas veces comenzamos desde una imagen o desde una idea. Eso puede ser suficiente para iniciar el proceso, pero después debemos descubrir qué historia se esconde detrás.

El relato necesita avanzar y conducir al lector hacia algún lugar.

3. Piensa cómo vas a contar la historia

Una misma historia puede transformarse por completo según la forma en que decidamos presentarla.

Podemos comenzar por el principio o entrar directamente en un momento decisivo. Podemos mostrar los hechos desde la mirada de un personaje o dejar que una voz externa nos guíe.

Las posibilidades son muchas. Por eso considero importante detenerse antes de comenzar y pensar en la estructura. No necesitamos planificar cada detalle. Algunas personas prefieren descubrir la historia a medida que avanzan. Otras trabajan con una planificación más precisa. Cada autor encuentra su propio método.

Lo relevante es comprender que toda historia necesita una organización que permita al lector avanzar sin perderse. Cuando reviso los cuentos de mis alumnos, muchas veces descubro que el problema no está en la idea. La dificultad aparece en la forma en que esa idea llega al papel.

Una buena historia necesita encontrar su mejor manera de llegar al lector.

4. Lee también desde la mirada de un autor

La lectura es una de las mejores escuelas literarias. Pero, además de disfrutar de una historia, podemos observar cómo la ha construido su autor.

Cuando un cuento nos atrapa, merece la pena detenernos y hacernos algunas preguntas:

¿Dónde comienza la historia?

¿Qué información conocemos desde el principio?

¿En qué momento aparece el conflicto?

Este ejercicio nos permite descubrir la arquitectura del relato.

Yo recomiendo hacerlo especialmente con los cuentos que más nos han impresionado. Podemos volver a ellos y observar cómo trabajan sus autores. Poco a poco aprendemos a reconocer recursos narrativos que antes pasaban desapercibidos.

Esta forma de leer amplía nuestra mirada y nos ayuda a comprender mejor el oficio.

5. Mantén la atención sobre lo esencial

En un cuento disponemos de poco espacio. Eso nos obliga a preguntarnos constantemente qué necesita realmente la historia. Una escena debe aportar algo. Un personaje debe tener una función. Una descripción debe contribuir a crear la atmósfera o a ayudarnos a comprender lo que está ocurriendo.

Cuando introducimos elementos que no tienen relación con el centro del relato, corremos el riesgo de dispersar la atención del lector. Por eso, durante la revisión, conviene hacerse una pregunta que puede resultar muy útil:

¿Qué ocurriría si elimino esto?

Si el cuento sigue funcionando exactamente igual, quizá ese elemento no sea necesario.

Revisar también significa aprender a prescindir de aquello que sobra.

6. Aprende a sugerir

Una de las cuestiones que más me gusta trabajar en los talleres es la importancia de aquello que dejamos fuera del texto. El lector no necesita conocer cada detalle.

Como autores, debemos saber mucho más sobre nuestros personajes de lo que finalmente aparecerá en el cuento. Podemos conocer su pasado, sus miedos y aquello que nunca se atreven a decir. Después llega una decisión fundamental: elegir qué necesita conocer el lector.

La literatura también vive de la sugerencia. Una frase puede esconder una historia completa. Un silencio puede revelar un conflicto. Una puerta cerrada puede despertar preguntas.

Cuando confiamos en el lector y le dejamos espacio para interpretar, el relato adquiere profundidad.

7. Busca historias en la vida cotidiana

Las historias están a nuestro alrededor. Aparecen en una conversación que escuchamos por casualidad. También pueden surgir de una mirada, de un recuerdo o de una situación que observamos mientras caminamos por la calle.

Por eso recomiendo prestar atención. Observar es una herramienta fundamental para cualquier autor. Muchas veces creemos que necesitamos acontecimientos extraordinarios para crear una buena historia. Sin embargo, la literatura puede encontrar su fuerza en los momentos más sencillos.

Una persona que espera una llamada puede protagonizar un cuento.

También una mujer que encuentra una fotografía olvidada.

O alguien que reconoce una voz después de muchos años.

Lo importante es descubrir qué emoción o qué conflicto se esconde detrás de esa situación. Ahí puede comenzar un relato.

8. Escucha tus ideas

Las ideas pueden llegar en cualquier momento.

A veces aparece una imagen que no conseguimos olvidar. En otras ocasiones escuchamos una frase que comienza a dar vueltas en nuestra cabeza. Conviene anotarlas.

No todas esas ideas se convertirán en cuentos, pero algunas pueden permanecer con nosotros durante mucho tiempo. Cuando una idea vuelve una y otra vez, suelo pensar que quizá está intentando decirnos algo. Entonces comienza el verdadero trabajo.

Necesitamos conocer mejor esa historia. Debemos descubrir quiénes son sus personajes y qué ocurre en su mundo.

La primera idea es solamente el comienzo. Después llega el desarrollo. Y, finalmente, la revisión.

9. Los cuentos son una magnífica escuela literaria

Siempre recomiendo trabajar el relato breve como un excelente ejercicio para cualquier persona que quiera mejorar su técnica.

El cuento nos obliga a trabajar con precisión.

Nos enseña a controlar el ritmo y a valorar cada palabra.

También nos ayuda a comprender la importancia de la estructura.

Al construir un cuento, aprendemos a tomar decisiones continuamente.

Tenemos que saber dónde comienza la historia y cuándo debemos terminarla.

Esa práctica resulta muy valiosa, incluso para quienes desean enfrentarse a una novela. Cada relato puede convertirse en un pequeño laboratorio literario. Podemos experimentar con una voz narrativa, profundizar en una emoción o explorar un personaje.

La práctica nos ayuda a descubrir nuestras fortalezas y también aquello en lo que debemos seguir trabajando.

10. Cuida el orden de los cuentos en un libro

Este consejo resulta especialmente importante para quienes están preparando un libro de relatos. Cuando reunimos varios cuentos, debemos pensar en la relación que establecen entre ellos. El orden puede modificar la experiencia del lector.

El primer relato abre la puerta al libro. Debe despertar interés y ofrecer una primera impresión de lo que encontraremos.

El último cuento también tiene una responsabilidad especial. Es el relato que acompaña al lector cuando cierra el libro.

Entre ambos podemos construir un recorrido.

A veces los cuentos comparten una temática. En otras ocasiones los une una emoción o una determinada mirada sobre la vida. Por eso recomiendo leer el manuscrito completo y observar qué sucede cuando cambiamos el orden.

Un libro de relatos también necesita ritmo.

Contar un cuento es aprender a tomar decisiones

Después de trabajar durante años con relatos y acompañar a muchas personas en sus procesos creativos, hay una idea que siempre vuelve a mí: crear es elegir.

Elegimos qué historia contar.

Elegimos qué mostramos al lector.

Elegimos qué dejamos fuera.

Y esas decisiones construyen finalmente el cuento. La literatura requiere imaginación, conocimiento y práctica. Pero necesita, sobre todo, atención.

Atención a las historias que nos rodean.

Atención a las palabras que elegimos.

Atención a aquello que realmente queremos contar.

Por eso, cuando mis alumnos me preguntan cómo pueden mejorar sus cuentos, suelo recomendarles que lean con atención, que observen el mundo y que trabajen sus historias.

Después llega una parte esencial del proceso: la revisión.

Un cuento casi nunca termina cuando colocamos la última frase. A partir de ese momento podemos volver a él, descubrir lo que funciona y detectar aquello que todavía necesita trabajo. Crear historias es un aprendizaje continuo. Y quizá esa sea una de las razones por las que el cuento sigue fascinándome: porque dentro de unas pocas páginas puede caber un mundo entero.

Y ahora quiero preguntarte a ti: ¿cuál de estos consejos te resulta más útil cuando te sientas ante una historia?

Te leo en los comentarios.

Podar para florecer: lo que Almudena Grandes puede enseñarnos sobre los comienzos

   Uno de los errores más comunes al comenzar a escribir —y uno de los más humanos— es querer demostrarlo todo en la primera novela, en el primer cuento, en la primera página. Mostrar que se sabe narrar, describir, emocionar. Como si el talento necesitara exhibirse con fuegos artificiales. Y es natural. Todos pasamos por ahí.

   Incluso autores consagrados tuvieron comienzos desbordantes. Pensemos en Almudena Grandes y su primera novela: Te llamaré Viernes. Aunque es una autora que muchos admiramos por su capacidad para construir personajes, manejar tramas complejas y narrar con hondura emocional, esa obra inicial no es fácil de leer. ¿Por qué?

   Porque está escrita con exceso. Exceso de frases largas, de adjetivos, de descripciones minuciosas. La narración se detiene en cada gesto, en cada movimiento irrelevante. Para decir que un personaje sale a la calle, se nos muestra cómo se dobla la puerta, cómo baja un escalón, cómo busca una zapatilla en la penumbra. Todo con un nivel de detalle que, lejos de sumar, agota. El lector no llega nunca a la trama: se queda atascado en el barro de las palabras. Te llamaré Viernes fue, efectivamente, el primer libro publicado por Almudena Grandes, allá por 1989, aunque no es su obra más conocida. 


    Se trata de una novela juvenil, muy distinta al tono y enfoque de sus grandes éxitos posteriores como Las edades de Lulú (que también salió en 1989 y fue el que realmente la catapultó a la fama) o El corazón helado. Esta primera novela fue escrita como un encargo para una colección juvenil. Almudena aún no era la voz potente y política que años después nos haría llorar con los episodios nacionales del franquismo. Pero ya asomaban ciertas luces: un fuerte interés por los personajes, un estilo ágil, cierta ironía melancólica. Curiosamente,  ha quedado como una obra de culto menor, un rincón casi secreto de su bibliografía. Ella misma llegó a decir en entrevistas que fue una especie de ejercicio de calentamiento, una novela que escribió con oficio más que con ambición literaria, pero que guarda con cariño por ser el primer paso de su larga marcha narrativa.

   Una de las mayores críticas —y a la vez características— de, Te llamaré Viernes, es esa obsesión descriptiva, minuciosa, casi neurótica. Es como si Almudena Grandes, en su primera novela, quisiera demostrar todo lo que sabía escribir. Y lo hace con furia: adjetivos densos, frases larguísimas, una cadencia que a veces se enreda consigo misma. La narración se detiene en lo nimio, lo accesorio, y uno como lector siente que camina por un lodazal de palabras para llegar a un punto que no aparece.

    Un ejemplo, imaginado, muy en su estilo:

   “Se levantó de la cama con una lentitud que parecía estudiada, apoyó primero la palma de la mano derecha sobre la manta deshilachada, luego los dedos, uno a uno, como si temiera que el contacto con la tela le robara algo. Se sentó al borde, respiró hondo, tanteó el suelo con el pie hasta encontrar la zapatilla que sabía que estaba allí, pero que el polvo y la penumbra disfrazaban de duda...”

    Y todo esto para decir que “salió de la cama”.

    Esto ralentiza la lectura de forma agotadora, sobre todo cuando no hay aún una conexión emocional con los personajes o cuando el lector busca trama y encuentra coreografía.

   Esto suele pasar en primeras novelas de autores muy dotados: hay talento, pero aún no hay medida. No hay podadora. Te llamaré Viernes es una muestra de esa exuberancia narrativa sin freno. Luego, Grandes fue templando su estilo. En Malena es un nombre de tango y Las edades de Lulú, todavía hay exceso, pero ya aparece la contención. Y más adelante, en sus novelas históricas, se vuelve otra narradora completamente distinta. SE pule a sí misma.

    Pero esto no invalida la novela: la humaniza. Nos muestra a una escritora que empezaba, que todavía no dominaba la tijera. Que no había aprendido,  —como todos debemos aprender—, a podar, a corregir, a dejar aire. Porque escribir bien no es hacerlo todo de golpe. Es ir descubriendo qué sobra, qué hace ruido, qué puede decirse con menos.

    Así que si hoy sientes que tu texto está sobrecargado, que no avanzas, que te perdiste entre adjetivos y escenas que no van a ningún sitio: enhorabuena. Estás escribiendo. Estás empezando. Estás aprendiendo.

    Y lo importante no es hacerlo perfecto a la primera. Lo importante es seguir.


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