Cuando el levante sopla, la poesía resiste
Ayer vivimos una de esas tardes que se quedan dentro. De las que no salen exactamente como estaban previstas… pero acaban siendo incluso mejores.
Habíamos organizado un encuentro muy especial en Puerto Sotogrande para celebrar tres cosas que, en el fondo, están muy unidas: el Día del Padre, la llegada de la primavera y el Día Mundial de la Poesía. La idea era hacerlo al aire libre, en la plaza de Las Palmeras, justo delante de El Almacén del Puerto, que siempre está ahí, apoyando cada locura bonita que proponemos.
Pero el día amaneció gris. Y el levante —quien vive en el Campo de Gibraltar sabe de lo que hablo— empezó a soplar con esa fuerza que no da tregua. Así que tuvimos que tomar una decisión rápida: trasladarlo todo a la Torre de Control de Puerto Sotogrande, un espacio resguardado donde, al menos, podríamos salvar lo esencial.
Y lo salvamos.
Porque, a pesar del viento, de la tarde desapacible, de los cambios de última hora… la gente vino. Y eso, para mí, ya lo dice todo. Llegaron escritores y amigos desde Algeciras, San Roque, Jimena, Los Barrios, Estepona, Sabinillas… Cada uno con su historia, con sus ganas, con su manera de estar.
Lo que iba a ser una tarde fría se convirtió en un refugio. En un pequeño hogar hecho de palabras, de miradas cómplices, de abrazos sinceros. La poesía tiene eso: no necesita grandes escenarios, solo verdad.
Tuve la suerte de conducir el acto junto a Eli Ramos. Nos acompañaron también Ana Paula, del grupo poético de Estepona, y Juan Emilio Ríos, presidente del Ateneo José Román de Algeciras, sumando presencia y respaldo a una tarde que fue creciendo poco a poco.
Y qué decir de quienes participaron… Fue un regalo escuchar a Virginia López, llegada desde Estepona; a Alicia Morales, de Ceuta y residente en Algeciras; a Maribel Sánchez, de Jimena, también afincada en Algeciras; a Isema Carrión, de San Roque; a María del Mar Ortega Marchante, de Los Barrios; y a Isabel María Santamaría Repullo, de Algeciras. También nos emocionó especialmente la participación de la joven Alba Gómez, que vino desde Los Barrios acompañada de su padre, en una tarde que, de alguna manera, también les pertenecía.
Hubo momentos de silencio que lo decían todo.
Walter Lee puso música a la tarde con sus “frecuencias del alma”. Fue una música que se sentía más que se escuchaba, como si algo por dentro se recolocara sin hacer ruido.
También quiero agradecer a Sotoaudio, que se encargó del sonido, y a la cafetería Ke, que nos cedió el mobiliario. Son detalles que hacen posible que todo funcione, aunque no siempre se vean.
Al final, cuando todo terminó, me quedé con una sensación muy clara: mereció la pena cada cambio, cada duda, cada plan improvisado. Porque lo que pasó allí no se puede planificar del todo. Ocurre cuando la gente decide estar.
Ya estamos pensando en el siguiente encuentro. Será el 24 de abril, con motivo del Día del Libro. Y ojalá vuelva a ocurrir lo mismo: que la palabra nos reúna, que el tiempo no importe demasiado y que siempre haya un lugar donde sentirnos un poco más cerca.
Si tienes un libro y quieres presentarlo, estaré encantada de que formes parte de lo próximo que está por venir.




