Hace unos días volví a leer una reflexión de Alejo Carpentier. Decía que «los adjetivos son las arrugas del estilo».
Reconozco que la primera vez que la leí pensé: ¿Cómo podía un escritor de la talla de Carpentier, de prosa rica y cuidada, desconfiar de los adjetivos? Con el tiempo he comprendido que no estaba rechazándolos, sino advirtiéndonos del peligro de utilizarlos como un simple adorno.
He leído algunas de sus novelas, como Los pasos perdidos o El reino de este mundo. En ambas me llamó la atención la precisión de su lenguaje. Carpentier no escribe una palabra de más. Cada sustantivo, cada verbo y cada imagen parecen ocupar exactamente el lugar que les corresponde.
Desde entonces procuro recordarlo cada vez que corrijo uno de mis textos o reviso los relatos de mis alumnos. Y no siempre es fácil, porque todos tenemos la tentación de adornar aquello que todavía no hemos sabido contar. Muchas veces buscamos un adjetivo brillante, cuando lo que realmente necesita la frase es un verbo más preciso, un sustantivo más concreto o una imagen que hable por sí sola.
Por eso hoy quiero compartir los ocho consejos de escritura que he aprendido de esta reflexión de Alejo Carpentier y que, con el paso de los años, también han terminado formando parte de mi manera de escribir y de enseñar literatura.
1. No llenar un texto de adjetivos
Si un sustantivo o un verbo ya dicen lo necesario, el adjetivo sobra. Con frecuencia recurrimos a palabras como maravilloso, increíble, espectacular o impactante, pensando que harán más atractivo nuestro texto. Sin embargo, esos adjetivos suelen decir muy poco si no los respaldamos con una escena, una acción o una imagen. Como escritora, prefiero que sea el lector quien descubra que un personaje es extraordinario, que una casa da miedo o que un paisaje emociona. Cuando conseguimos eso, el adjetivo deja de ser necesario.
2. No escribir para impresionar
Las palabras bonitas no sustituyen una buena historia.
3. Buscar siempre la precisión
Una palabra exacta vale mucho más que tres aproximadas.
4. Confiar en los sustantivos
Los nombres concretos crean imágenes mucho más poderosas que largas explicaciones.
5. Elegir verbos con fuerza
Muchas veces un buen verbo elimina la necesidad de varios adjetivos y adverbios.
6. Desconfía de las palabras de moda
Carpentier advertía de que cada época tiene sus propios adjetivos. El Romanticismo hablaba de lo lúgubre o melancólico; los simbolistas preferían lo evanescente o grisáceo; y los surrealistas llenaron sus páginas de palabras como onírico o fantasmal.
El problema no está en esas palabras, sino en utilizarlas porque están de moda y no porque sean las más adecuadas. Un buen escritor no sigue tendencias: elige siempre la palabra que mejor sirve a su historia.
7. Encontrar una voz propia
Admiro a muchos escritores, pero ninguno puede escribir por mí. Leer sirve para aprender, no para copiar.
8. Recordar que menos suele ser más
Cada palabra debe tener un motivo para estar en la página.
Si no aporta significado, emoción o ritmo, probablemente deba desaparecer.
8. Recordar que menos suele ser más
Cada palabra debe tener un motivo para estar en la página. Si no aporta significado, emoción o ritmo, probablemente deba desaparecer.
Cómo aplico estos consejos cuando corrijo un texto
No sigo una plantilla rígida, pero sí hay una serie de preguntas que siempre me hago durante la revisión.
Lo primero es subrayar los adjetivos. Necesito comprobar si todos cumplen una función o si alguno está ahí únicamente para adornar la frase. Cuando descubro que un adjetivo no aporta información nueva, lo elimino sin miedo. La mayoría de las veces el texto gana en claridad.
Después me fijo en los sustantivos. Me pregunto si son lo bastante precisos o si existe otro capaz de expresar mejor la idea. Un buen sustantivo suele evitar una descripción innecesariamente larga.
A continuación, reviso los verbos. Intento sustituir los verbos demasiado genéricos por otros que aporten movimiento, intención o emoción. Un verbo preciso suele decir mucho más que varios adjetivos juntos.
Hay otra costumbre que nunca abandono: leer el texto en voz alta. Es la mejor manera de detectar frases recargadas, repeticiones, cacofonías o palabras que rompen el ritmo de la lectura. Si una frase me obliga a detenerme, sé que todavía necesita trabajo.
La última revisión consiste en hacerme una pregunta muy sencilla: ¿Esta palabra aporta significado, ritmo o una imagen al lector? Si la respuesta es no, desaparece.
Con los años he comprendido que eso era precisamente lo que defendía Alejo Carpentier. Nunca quiso desterrar los adjetivos ni empobrecer el lenguaje. Lo que rechazaba era la ornamentación gratuita, la imitación superficial y el abuso de recursos que acaban ocultando lo verdaderamente importante: la historia.
Cada vez que cierro una corrección, vuelvo a recordar aquella frase que tanto me hizo pensar: «Los adjetivos son las arrugas del estilo». Y, aunque no siempre sea fácil, intento que cada palabra se gane el derecho a permanecer en la página.


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